De verdad que no podía

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Portada de “De verdad que no podía” de Gabriela Keselman con ilustraciones de Noemí Villamuza

“Marc quería dormir. De verdad que quería. Pero no podía dormir. De verdad que no podía”. Así comienza este álbum de Gabriela Keselman, una de nuestras incondicionales, en el que pasaremos la noche con Marc, sus miedos, su mamá y los inventos que a esta se le ocurren para que su pequeño hijo pueda dormir “toda la noche”.

Mi opinión

Gabriela Keselman, como ya hemos dicho, es una de nuestras escritoras favoritas de la literatura infantil actual. Tiene un don especial para conectar con la psicología infantil, para reflejar en sus personajes la manera de ser y de actuar de los niños y lograr así que estos se sientan identificados y que les enganchen sus historias.

El álbum “De verdad que no podía” es fiel reflejo de esto, tanto en el personaje del niño y sus miedos como en el personaje de la madre y sus ocurrencias.

A dos días del Día de la madre, rescato este álbum pensando en ellas, en nosotras, y en esas largas noches sin dormir por tantas y tantas razones: , pesadillas, fiebre, malestar y por su puesto, miedo.

Me siento identificada con esa madre que hace cualquier cosa con tal de que su hijo duerma toda la noche sin miedos, aunque a veces el empeño es tan grande que no nos deja ver la solución, con lo sencilla que es.

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Adorables es la palabra que para mi define a esta pareja. Y Noemí Villamuza ha sabido captar toda la dulzura que guarda esta sencilla y linda historia. Ese niño, con su conejito y su pijama, sus locos rizos como los de su mamá, sus manitas y esos grandes ojos. Enternece a cualquiera, y cualquiera hubiéramos hecho lo indecible por ayudarle a dormir, hasta ponerle un estupendo pijama antimosquitos, con casco, espada y osito espantazumbidos.

Locos, muy locos son los inventos de la madre, y ahí está el siguiente gran acierto de este álbum: el humor. Porque si los miedos del niño son tremendos (mosquito gigante, que se derrita la luna y el mundo se quede oscuro…), los inventos de la madre son impresionantes y los mensajes que escribe a aquello que le da miedo a su hijo son geniales: “Luna, ni se te ocurra hacer tonterías, como derretirte y eso”.

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Repetición, que engancha a los niños y están esperando la nueva ocurrencia de ambos. Cada nuevo miedo del niño hace que la solución de la madre sea cada vez más aparatosa y alocada. La situación va descontrolándose exponencialmente hasta que el niño llega a tener miedo de todo y su madre ya no sabe qué hacer.

De verdad: El propio título es un genial acierto porque ese “de verdad” aparece en el vocabulario de los niños desde casi cuando empiezan a hablar. Concentran en ese “de verdad” toda su energía para demostrar que no es un juego, que esta vez no, que no están intentando no comerse las judías verdes diciendo que les duele la tripa solo por ver si cuela. No, no, esta vez todo es “de verdad”, de verdad de la buena, y tu, mamá, no puedes irte con una solución a medias, con un “bueno, venga, ya se pasará”.

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Ante esa “verdad” una tiene que darlo todo, ponerse las botas y subirse al tejado porque la Luna esa noche no se puede derretir, porque el Viento Malo aquella noche no debe soplar, porque los mosquitos gigantes deberán irse a otro lugar lejos de tu hijo.

Pero los padres, las madres, hay veces que estamos tan preocupados en el problema que no somos capaces de ver la solución. Una solución que Noemí Villamuza refleja en una imagen bella, tierna, íntima y real como la vida misma. Me reconozco en la postura de la madre sentada, con los brazos cruzados sobre el regazo, echada hacia delante, en la cama junto a su pequeño hijo.

Humor y sentimiento unidos de forma deliciosa y perfecta por estas dos grandísimas autoras. Gabriela Keselman nos muestra con gran sencillez una escena cotidiana convertida en un álbum divertido, tierno e inolvidable.

La mano prodigiosa de la ilustradora Noemí Villamuza sabe sacar el sentimiento del texto y mostrarlo con ilustraciones contundentes bordeadas en negro, con mucho sombreado, que nos recuerda en todo momento que es de noche, pero que no le hacen perder nada de su ternura y su comicidad: cada una en su justa medida y cada una en el momento adecuado.

No estará seguramente entre las recomendaciones de estos días para celebrar el Día de la Madre, porque se relaciona inevitablemente con miedos nocturnos de los niños. Pero quería rescatarlo porque crea esa madre representa una parte de todas las madres que llevamos ahí dentro y que en algunos momentos aparece. Una madre que, perdida en el problema, no ve la solución hasta que ve la mirada de su hijo clavada en la suya.

Datos Bibliográficos

Título: De verdad que no podía

Autor: Gabriela Keselman

Ilustrador: Noemí Villamuza

Edición: Editorial Kókinos. Madrid, 2001.

Edad: + 2 años

Encender la noche

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Portada de “Encender la noche” de Ray Bradbury con ilustraciones de Noemí Villamuza, Editorial Kókinos

Había una vez un niño al que no le gustaba la noche. Si que le gustaban las luces de las linternas, de los faros, de los relámpagos, de las velas…pero no la noche ni los interruptores. Porque los interruptores apagaban las luces de casa: las luces amarillas, las blancas, las verdes, las del pasillo, las de la casa, las de todas las habitaciones. Esta situación le hacía sentirse mal y, sobre todo en las noches de verano, cuando los niños bajaban afuera a jugar, le hacía sentirse solo porque el no podía salir allí, a la oscuridad. Pero una noche una niña llamará a su puerta y le ayudará a cambiar esta situación.

Mi opinión

Decir Ray Bradbury es hablar de ciencia ficción. Autor consagrado por su capacidad de crear mundos fantásticos como los de las “Crónicas marcianas” y por haber creado una de las novelas distópicas más famosas: “Fahrenheit 451”.

Fue también prolífico en relatos breves, cuentos e incluso poesía. Escribió varias obras para niños y jóvenes entra las que destacan este cuento del que hoy hablamos: “Encender la noche”.

Un álbum que comienza con una hermosa y sugerente dedicatoria de parte de Bradbury:

“A los portadores de luz” 

No se lo dedica a nadie en especial, ni a los que les da miedo a noche. La historia va dedicada a todos aquellos que son capaces de iluminarnos, a los que son capaces de hacernos ver más allá del miedo.

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Este el caso de este niño que tenía miedo a la oscuridad de la noche. Un miedo que le condicionaba tanto que le hacía ser un niño triste y solitario. Le tenía tanto miedo que llegaba a tener miedo hasta de los interruptores: ellos hacían que llegara la noche, que se fuera la luz y apareciera la oscuridad.

Pero una noche una niña llamada, precisamente, Oscuridad (Dark) le enseñará la belleza que esconde la noche: el brillo de las estrellas, el canto de los grillos y el ruido de las ranas.

Ray Bradbury tenía una manera muy poética de escribir; una poesía muy presente en este cuento. Recurre a las largas enumeraciones de tipos de luz: de las velas, de los faros, de las linternas, de las farolas. Enumera los sitios donde estaba el niño: en los desvanes, en los sótanos, en las despensas, en los áticos. Enumera los colores de la luz: luces blancas, amarillas, pequeñas, tenues, rosadas…

Retahílas de palabras que se repiten y resuenan como un mantra al que el niño se aferra para combatir su miedo a la Noche. Una Noche con mayúsculas que parece que lo envuelve todo.

La descripción de la niña, de nuevo, suena como una pequeña y delicada canción:

Me llamo Oscuridad dijo.

Y tenía el pelo negro

y negros los ojos

y llevaba un vestido negro

y zapatos negros.

Pero su cara era tan blanca como la luna,

y los ojos brillaban como estrellas blancas.”

Un texto presentado así, como si se tratara de un poema, porque a poema suena. Esta niña, Oscuridad, le muestra otra perspectiva de las cosas: no es apagar la luz sino ENCENDER LA NOCHE.

Vivir en positivo, de eso se trata. Vencer los miedos dándoles la vuelta. Como aquel libro del que hablamos hace ya tiempo, “¿Y los monstruos?”, en el que un padre ayuda a su hija a superar el miedo a los monstruos nocturnos. La idea no es “vencer” a nadie, solo pararse a mirar con calma e intentar ver la parte buena de aquello que nos asusta. Puede que descubramos cosas maravillosas e incluso grande amigos y compañeros de juegos.

En esa idea de educación en positivo es donde se encuentra, para mi, parte de la belleza de esta historia.

Pero si de belleza hablamos tenemos que hablar de Noemí Villamuza, ilustradora del libro y la mitad del alma de esta estupenda edición que ha hecho Kókinos.

Su obra es inconfundible. Sus niños de caras redondas, risueñas, dulces. Sus imágenes evocadoras y poéticas. Sus dibujos hechos a lápiz con los que hace magia dentro de los libros infantiles, creando mundos maravillosos.

En el caso de “Encender la noche”, Villamuza recrea la idea de encender la noche de manera sencilla pero muy gráfica, con ese interruptor del que salen cables. En las primeras ilustraciones, de los cables solo salen bombillas con luces amarillas. Después de conocer a la niña Oscuridad, esos interruptores encenderán pequeñas estrellas amarillas en mitad de la noche.

Moemí Villamuza es una creadora de historias a través de sus imágenes. Cualquiera de ellas son cuentos en si mismos que despiertan la imaginación de forma sorprendente.

Una de las ilustraciones para mi más bellas es en la que el niño y Oscuridad cierran los ojos para poder encender los grillos, y encender las ranas, y encender la luna de helado blanco.

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Porque la noche oculta maravillas que a veces olvidamos que están ahí, encendamos la noche y mostremos a los niños todo lo que esconde.

Os dejo aquí la versión en inglés en la que se puede disfrutar de esa sonoridad del lenguaje que buscaba Ray Brandbury.

Switch on the Night from Toposcope Films on Vimeo.

Datos bibliográficos

Título: Encender la noche

Autor: Ray Bradbury

Ilustrador: Noemí Villamuza

Traducción: Esther Rubio

Edición: Kókinos, Barcelona, 2005

Edad: + 5 años

Blancanieves ilustrada

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Portada de “Blancanieves” de Jacob y Wilhelm Grimm ilustrado por Benjamin Lacombe para la Editorial Edelvives

Siempre resulta curioso ver como los cuentos tradicionales se van adaptando a los tiempos, tanto en lo que se refiere la historia en sí, como a la imagen que nos sugiere.

Uno de los clásicos más conocidos es Blancanieves y con el paso de los años es difícil, incluso para las nuevas generaciones, separar la imagen que Disney creó de la niña Blancanieves. Pero la ilustración asociada a la literatura infantil está adquiriendo una importancia cada vez mayor y con ello nuestro imaginario de personajes se va modificando. Aun sin conseguir que no asociemos la imagen de Blancanieves con la de Disney, al menos tenemos a nuestro alcance nuevas opciones a las que recurrir, y todas ellas con una alta calidad artística.

Hoy queríamos fijarnos concretamente en dos versiones de Blancanieves con dos ilustraciones muy diferentes pero que nos han llamado la atención por esa calidad artística de la que hablamos.

La primera de ellas es la versión de Benjamin Lacombe. El texto reproduce la versión del clásico de Jacob y Wilhelm Grimm. En esta versión, editada por Edelvives,  la malvada madrastra intenta asesinar a Blancanieves en tres ocasiones distintas: con un corsé, con un peine y, finalmente, con una manzana.

blanca_lacombe1La obra del ilustrador francés Benjamin Lacombe es muy reconocible. Se caracteriza por un aire casi caricaturesco de sus personajes, envueltos por un ambiente difuminado que le da un aire romántico y de ensoñación. Los ojos: grandes, rasgados, expresivos.

Destacan aquí los de la madrastra, que transmiten toda la frialdad que guarda su corazón. En una de las primeras ilustraciones podemos ver a la madrastra contemplándose en el espejo. Lacombe no muestra ese espejo, solo a la madrastra enfrentada consigo misma, con una especie de collar de serpientes que le envuelve, y esa fría mirada clavada en su propio reflejo.

blanca_lacombe3Blancanieves, sin embargo, es dulce, con un aura de tristeza casi constante, con el pelo “negro como el ébano” y los labios “rojos como la sangre”. Ese color rojo invade cada ilustración del álbum, ya sea en la propia Blanca como en los gorros de los enanos, en el pico de los pájaros y en la mortal manzana.

A través de la ilustración podemos apreciar detalles de la historia como la protección que brindan los animales del bosque a Blancanieves, que Lacombe resume en una ilustración en la que todos los animales se enroscan alrededor del cuerpo de la niña.

Otra de las insinuaciones de Lacombe es la idea de la muerte, que el representa a través de un cuervo que aparece en una ilustración magnífica en la que el corsé de Blancanieves, ese con el que la madrastra la quiere asfixiar, es una jaula con un cuervo en su interior. Sólo vemos la mirada de terror de Blanca y las manos que atan el corsé, pero con eso es más que suficiente.

Alterna con algunas ilustraciones en blanco y negro, realizadas a tinta. Una de las que más me gustan es en la que se ve a Blancanieves barriendo , y con su escoba barre y desbarata aquello que los enanitos le decían para protegerla: “Sobre todo, ¡no dejes entrar a nadie!”. Sus palabras, por desgracia, se barren también de la mente de la niña, que confiada e ingenua, caerá por tres veces en la trampa de la malvada madrastra.

Todo lo que acompaña al texto de los hermanos Grimm en esta versión engrandece la historia. El tamaño del álbum, las magníficas ilustraciones nacidas del genio de Lacombe, el papel incluso, de alto gramaje, hacen de esta obra una joya que atesorar, más enfocada a un público de mayor edad, entre adolescente y adulto, para apreciar todos estos recursos artísticos.

Pero aun así, no hay que privar a los niños de esta maravilla y su contemplación porque ayudan a crear otros imaginarios para Blancanieves, lejos de esos colores primarios (rojo, azul, amarillo) y del brillo de la imagen clásica de Disney.

La segunda versión es la que realizaron la autora inglesa Josephine Poole y la ilustradora Angela Barret en 1991 y que nos llegó a España gracias a Kókinos en el 2007. Las dos autoras han colaborado hasta en tres ocasiones, con las obras Juana de Arco y El Diario de Ana Frank además de esta Blancanieves, y en todas han conseguido crear obras maravillosas con una gran sensibilidad, tanto en el texto como en la ilustración.

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Ilustración de Angela Barret para Blancanieves, de Josephine Poole, Editorial Kókinos

Josephine Poole ha adaptado la versión de los hermanos Grimm para darnos algunos detalles de la vida de la niña a lo largo de la historia.

Pero centrémonos en la ilustración, tema al que hoy queremos dar relevancia. En este caso, Angela Barret nos presenta una ilustración muy clásica en la que Blancanieves no parece tanto una niña como una joven adolescente. Sus dibujos están plagados de detalles que hacen de algunas escenas, como el cuarto de la niña que se nos presenta en las primeras páginas, lugares acogedores.

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Ilustración de Angela Barret para Blancanieves

Son todas las ilustraciones de gran tamaño, ocupando gran parte de la doble página, envolviendo el texto, o en ocasiones, a doble página completa, cediendo todo el protagonismo a la ilustración.

Los tonos utilizados por la ilustradora son, en general, muy oscuros. Sólo en esta escena del baile con su profesor en las habitaciones de la niña vemos una escena con más luminosidad. Y no volveremos a ver esta luz hasta el final en el que un cielo azul acompaña la boda de Blancanieves y su principe.

Pero no os engañéis, porque la oscuridad no está reñida con la belleza. Y el resto de las ilustraciones, de esos pequeños cuadros que recuerdan ligeramente a la pintura del romanticismo y a los paisajes ingleses.

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Ilustración de Angela Barret para Blancanieves

Y a pesar de esa oscuridad Angela Barret siempre deja un pequeño foco de luz que ilumine el rosto de Blancanieves. Ella resalta siempre sobre todo lo demás en las ilustraciones. Y tanto la resalta que la malvada madrastra queda como en un segundo plano. Aparece de muchas maneras, orgullosa y prepotente frente a su espejo, oculta bajo una gran capa junto al cazador cuando le manda asesinar a la niña en el bosque, disfrazada de bruja alejandose después de intentar asfixiar a Blanca con una cinta, o de anciana vendedora de abalorios. Pero en casi todas las escenas aparece en un segundo plano, cediendo todo el protagonismo a la niña Blanca.

Aun así es maravillosa la manera y riqueza de vestuarios, peinados y maneras de aparecer que le da a la madrastra, en contraste con la sencillez de Blancanieves que siempre se nos muestra con el pelo negro suelto y largo y un sencillo vestido blanco.

Detalles todos relevantes para apreciar el trabajo que hay detrás de trabajos como este. De nuevo se nos presenta otra imagen de esta niña, otra manera de entender el cuento y de valorar su importancia en la tradición literaria de la humanidad.

Un cuento que podemos contar a niños a partir de 6 o 7 años (por su extensión han de tener esta edad para mantener la atención) porque la historia la conocen pero les faltan detalles y momentos y porque leer en voz alta siempre es un lujo que los niños no deben perder. Y con obras como estas además, les mostramos obras de arte con las que alimentar su imaginación, su sensibilidad frente a las expresiones artísticas, sean de la clase que sean.

Datos Bibliográficos

Título: Blancanieves

Autor: Jacob y Wilhelm Grimm

Ilustrador: Benjamin Lacombe

Edición: Edelvives, Madrid, 2011


Título: Blancanieves

Autor: Josehine Poole

Ilustador: Angela Barret

Edición: Kókinos, Madrid, 2007

Luna

Portada de "¡Oh! La Luna" de Éric Battut, Editorial Kókinos

Portada de “¡Oh! La Luna” de Éric Battut, Editorial Kókinos

Nos gusta la Luna. Nos atrae y nos deja con la boca abierta. Nos cautiva incluso cuando no está, la buscamos por todas partes hasta caer en la cuenta de que quizá esa noche no hay Luna, que está su fase de Luna Nueva y que habrá que esperar un poquito para volver a verla.

Este ha sido un verano especial para Luna: hasta tres superlunas hemos podido ver en nuestro cielo. Me gusta este nombre de superluna. Me la imagino como un superhéroe de comic, que en ciertas noches de verano despliega sus poderes y nos vigila y cuida desde su privilegiada vista del mundo. Este verano especial con sus gigantes lunas me ha hecho pensar en todos esos cuentos y relatos que este impresionante astro ha inspirado.

A poco que pensemos nos vienen a la cabeza cuentos en los que la Luna es protagonista o parte importante de la historia: “¿A qué sabe la luna?” de Michel Grejnie, “Luna” de Antonio Rubio, “La luna ladrona” de Pablo Albo, “Papá, consígueme la luna” de Eric Carle, “Adivina cuánto te quiero” de Sam McBratney y Anita Jeram, con su inolvidable frase “Te quiero hasta la luna….y vuelta“.

Hoy vamos a hablar de tres historias sobre la Luna, tres maneras distintas de verla y tres formas muy diferentes de ilustrar y transmitir.

La primera de ellas es “¡Oh! La Luna” del ilustrador y escritor francés Éric Battut (Francia, 1968). Este autor tiene publicadas en Francia cerca de 100 obras y en España lo conocemos por cuentos como “La avellana”, “La broma” o “El secreto”, cuyo protagonista es el ratoncito de esta pequeña historia de la Luna. Un cuento indicado para los más pequeños pero que puede hacer las delicias de niños más mayores de 4 a 6 años. Un cuento acumulativo en el que poco a poco van apareciendo amigos, de los que sólo podemos ver los ojos, que quieren disfrutar contemplando la luna. Sólo con esos ojillos somos capaces de entender el diálogo entre los personajes, lo que hace cada uno, como va avanzando la historia. Una Luna a la que de vez en cuando le pasa alguna nube por delante pero que en seguida vuelve a deslumbrar con su preciosa luz blanca. Una historia sencilla y divertida de un autor que nos gusta por eso, por su sencillez a la hora de trasmitir tanto con la palabra como con la imagen. Os animo a seguir a este ratoncito en esta y en sus otras historias porque son una verdadera delicia.

"Hombre Luna" de Tomi Ungerer, Edición Libros del Zorro Rojo

“Hombre Luna” de Tomi Ungerer, Edición Libros del Zorro Rojo

La segunda historia de hoy es “Hombre Luna” de Tomi Ungerer. Nacido en Estrasburgo en 1931, es uno de los autores más relevantes en literatura infantil. Este álbum cuenta la historia de cómo el hombre que habita en la Luna envidiaba a los habitantes de la Tierra porque les veía bailar y divertirse. Un día en que un cometa pasó cerca, aprovechó para saltar y caer en la Tierra. Pero los hombres no estaban prepararos para la visita de un ser extraño, aunque este tuviera un aspecto totalmente inofensivo. Los hombres mandaron al ejercito y lo encerraron, sin preguntarle siquiera quién era y por qué estaba aquí. Pero Hombre Luna supo como escapar y conseguir aquello por lo que había venido a la Tierra. Es un libro con una gran dosis de crítica social, tan  presente en toda la obra de Ungerer. El autor nos presenta una historia distinta de la Luna en la que es ella, o él, el que mira a los hombres, el que los observa y quiere disfrutar como ellos. Un Hombre Luna que disfruta de lo pequeño, del aroma de las flores y de las fiestas de los hombres, de la libertad. Una obra, publicada en 1966 que no ha perdido ni un gramo de su fuerza original.

Y la última historia de lunas de las que vamos a hablar hoy es “Coco y la Luna” de Emilio Urberuaga, editada por Kókinos.

"Coco y la Luna" Emilio Urberuaga, Editorial Kókinos

“Coco y la Luna” Emilio Urberuaga, Editorial Kókinos

Emilio Urberuaga, galardonado en 2011 con el Premio Nacional de Ilustración por toda su carrera profesional, nos encanta. Sus ilustraciones conectan a la perfección con los niños y sus historias, sencillas y divertidas, llegan a grandes y a pequeños. En esta ocasión conoceremos a Coco, un cocodrilo que se ha cansado de hacer lo que hacen los cocodrilos y que se dedica a sonreír a la Luna. Tanto le gusta que un día decide llevársela a su casa, sin pensar por un momento en que la Luna no es suya y que llevársela puede suponer muchas cosas para mucha gente. Poco a poco se irá dando cuenta de las consecuencias de su egoísmo al querer a la Luna sólo para el.

Nadie sabe que ha sido él quien se ha llevado a la Luna a su casa. Será el propio Coco quien se de cuenta por si mismo de su gran error. Pero la solución es fácil, sólo hay que devolver la Luna a su sitio. El problema es que la Luna cambia cada día y se ha hecho tan grande que va a suponer un gran esfuerzo devolverla al sitio que le corresponde. Coco aprenderá de su error y de su esfuerzo.

Un proceso de aprendizaje que es necesario para crecer, para ser mejores. No hay adoctrinamientos ni frases grandilocuentes. Un lenguaje sencillo que llega a los niños con gran facilidad. Y una preciosa luna que nos hace sonreír igual que a Coco.

Esperemos que estas superlunas veraniegas nos traigan suerte y buenas vibraciones para este curso que ya ha empezado. Felices de regresar y volver a rodearnos de nuevos cuentos, de nuevas aventuras y nuevos personajes. Estamos encantados de que este verano hayáis seguido con nosotros y volvemos llenos de energía para este curso. Feliz regreso.

Datos Bibliográficos

Título: ¡Oh! La Luna

Autor: Éric Battut

Edición: Kókinos, Madrid, 2014. 32 pags.


Título: El hombre Luna

Autor: Tomi Ungerer

Edición: Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2012. 40 pags.


Título: Coco y la Luna

Autor: Emilio Urberuaga

Edición: Kókinos, Madrid, 2008. 28 pags.

Adivina cuánto te quiero

Portada de "Adivina cuanto te quiero"

Portada de “Adivina cuanto te quiero”

Resumir lo que cuenta este libro es difícil porque habla de algo tan grande que si lo resumes se pierde el significado por el camino. Así que mejor será que veáis y escuchéis el cuento a través de este estupendo vídeo.

Autor

Sam McBratney nació en 1943 en Belfast, Irlanda. Estudió en el Trinity College de Dublín Historia y Ciencias políticas. Trabajó como profesor y fue entonces cuando empezó a escribir cuentos, con la intención de ayudar a los jóvenes que tenían dificultades para leer.

Ha escrito más de 50 libros para jóvenes con una amplia variedad de géneros. Pero no fue hasta 1994, con la publicación de “Adivina cuánto te quiero”, cuando realmente la escritura se convirtió en su profesión exclusivamente. Este cuento ha vendido millones de copias y ha sido traducido a más de 35 idiomas.

Ilustrador

Anita Jeram nació en 1965 en Portsmouth, Inglaterra. Desde muy pequeña le gustaba dibujar, en cualquier parte, ya fuera en libros o en trozos de papel perdidos. Pero en realidad lo que en aquel entonces Anita quería era ser veterinaria, trabajar en un zoo o algo que tuviera que ver con animales. Pero no conseguía tener las calificaciones necesarias. Después de la escuela fue a la Universidad de Arte de Portsmouth pero lo dejó al poco tiempo y buscó trabajo. No sería hasta varios años después, ya casada y viviendo en Manchester cuando retomaría sus estudios de arte y comenzaría a dibujar de nuevo. A partir de ahí comienza a trabajar con Walker Books como ilustradora en cuentos infantiles.

Junto a Sam McBratney ha trabajado, además de en “Adivina cuánto te quiero”, en “Todos sois mis favoritos” y en “Adivina cuanto te quiero durante todo el año”.

En 2006 publicaría en solitario el maravilloso cuento “Inés del revés”, al que dedicaremos seguro otra reseña en otra ocasión.

Mi Opinión

Este es uno de esos cuentos en los que la unión de texto e ilustración es tan perfecta que no se puede imaginar uno sin el otro y, como decía al principio, casi ni se puede hacer un resumen porque siempre faltaría la imagen para terminar de redondear el significado de las palabras.

Este libro es una belleza, tanto por lo que cuenta, por cómo se cuenta y por cómo se ilustra. Una de esas maravillas por las que no pasa el tiempo.

He leído en algún sitio que esta es una historia muy simple. Y así es, es tan simple como que un padre y un hijo intentan medir el amor que sienten por el otro. Pero claro, medir el amor no es algo tan simple.

"Yo te quiero hasta aquí arriba" Ilustrado por Anita Jeram

“Yo te quiero hasta aquí arriba” Ilustrado por Anita Jeram

Me parece extraordinaria la manera en que autor e ilustrador transmiten ese sentimiento del padre por el hijo y viceversa. Todas las imágenes están llenas de ternura, tanto en la mirada de la liebre grande color de avellana como en los tremendos esfuerzos de la liebre pequeña por tener los brazos más grandes, y las patas más fuertes para llegar aún más alto y así demostrar lo mucho que quiere a la liebre grande.

Además han sabido darle un toque de humor muy fácil de entender por los niños, que seguro que se reirán cuando vean a la liebre pequeña saltar de un lado a otro, o poniéndose boca abajo para llegar más alto.

Este puede ser uno de esos cuentos que los niños escuchen cada noche sin cansarse  y con el que disfruten una y otra vez viendo cómo el lector abre los brazos para expresar que la liebre pequeña quiere a la liebre grande “Así” y “Hasta aquí arriba”.

Es un gran cuento para ser leído en voz alta y que da pie para seguir imaginando sitios hasta donde nos queremos: yo te quiero hasta la Luna, Plutón, la Vía Lactea y vuelta!, me dice mi hija cuando leemos esta historia. ¡Y qué bueno es hablar de lo mucho que nos queremos!.

Una historia de amor, un amor que cabe en el hueco de unos brazos, que toca las ramas del árbol más alto, que llega hasta más allá del río y de las lejanas colinas, un amor que va desde aquí hasta la Luna…y vuelta.

Datos Bibliográficos
Autor: Sam McBratney
Ilustrador: Anita Jeram
Edición: Kókinos, 2012. 40 pags.
Edad: 1 a 8 años