La tradición oral y los cuentos acumulativos

 

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Un Nuevo Año se presenta ante nosotros, enterito, a estrenar, para disfrutarlo desde el comienzo hasta el fin. Nosotros ya estamos manos a la obra con ello y, una semana más, os traemos buenas lecturas para compartir.

Esperamos que los Reyes Magos os hayan traído muchos y preciosos libros. A nosotros nos han traído bastantes, muchos más de los esperados. Poco a poco os iremos hablando de ellos porque hay verdaderas maravillas. Ya se sabe que los Reyes tienen muy buen gusto en cuanto a lectura se refiere.

Pero este año queríamos comenzar hablando de cuentos de tradición y de los llamados “cuentos de fórmula”. No debemos olvidar que los cuentos, las historias, vienen de la tradición oral, de charlas alrededor de la lumbre en las que los más mayores del lugar contaban al público, niños o adultos, historias que ya venían de antiguo. Y así, de boca a oreja, las historias y leyendas se iban pasando a las siguientes generaciones.

De entre esas historias había unas a las que llamamos “cuentos de fórmula”. Antonio Rubio en su libro “7 llaves de cuento” del que ya os hablé hace tiempo, nos explica de manera muy breve y sencilla de qué trata todo esto. Nos dice que los cuentos de fórmula son “esos primeros cuentos populares, exactos, líricos y de perfecta estructura, que en ocasiones no van más allá de un sencillo pareado”. Pone como ejemplo el cuento de la banasta:

Éste es el cuento de la banasta,

y con esto basta 

Pero, como continua diciendo Antonio Rubio, también los hay con una historia entera, con principio, nudo y desenlace. Aquí entrarían a formar parte los cuentos acumulativos o de encadenamiento de los que os queríamos hablar hoy.

Los cuentos acumulativos o de encadenamiento son, pues, cuentos populares cuyos protagonistas suelen ser animales, en los que existe una “fórmula” previa que se va repitiendo según van apareciendo nuevos personajes y a la que se va añadiendo una nueva frase o palabra con el personaje nuevo.

Se consideran cuentos-juego en los que hay que intentar recordar la lista de personajes y acciones que se va creando. De hecho, era un juego común en los pueblos que cuando se contaba uno de estos cuentos cada vez le tocara a un niño repetir la lista y, aquel que se confundiera, pagara una prenda.

Dentro de este esquema general hay muchas variantes en este tipo de cuentos. Pueden ser un simple encadenamiento de acciones como en el Cuento del Queso:

Este es el cuento del queso de la vieja y el viejo.

Vino el ratón y se quiso zampar el queso de la vieja y el viejo.

Y el gato quiso comerse al ratón que se quiso zampar el queso de la vieja y el viejo.

Vino el perro y quiso morder el rabo al gato cuando quería comerse al ratón que se quiso zampar el queso de la vieja y el viejo…

Personalmente, de mi niñez recuerdo pasar largos ratos junto a mi hermano cantando la canción “Estaba la rana sentada cantando debajo del agua”. No tengo claro, eso sí, que la mitad de los animales que van cantando y haciendo callar fueran los originales porque seguramente muchos nos los inventamos. Y es que eso también forma parte del juego, porque suelen ser cuentos abiertos que se pueden alargar lo que se quiera, siendo un buen recurso para la escuela, por ejemplo.

Los hay en los que los personajes aportan, según van apareciendo, una solución para un problema, general o particular. De estos hay muchos ejemplos, tanto en cuentos de tradición como en libros modernos que siguen esta corriente narrativa.

Un ejemplo de este tipo sería el cuento en verso “Bodas de piojos y pulgas” (recogido en el libro de Antonio Rubio “7 llaves de cuento”) del que os pongo un fragmento:

Los piojos y pulgas

se quieren casar, 

por falta de trigo

no se casarán. 

Y dice la hormiga

desde su hormiguero: 

-Hágase las bodas

yo llevo un granero

Que run, run 

que de la mar run, run. 

– Pobres de nosotros, 

trigo ya tenemos, 

por falta de carne 

no nos casaremos. 

Y dice el lobito

desde su alto cerro: 

– Háganse las bodas,

yo llevo el becerro. 

Que run, run 

que de la mar run, run. 

Portada de "La cebra Camila" de Marisa Nuñez con ilustraciones de Oscar Villán, editado por Kalandraka

En cuanto a publicaciones hay gran variedad de ejemplos, unos que siguen de manera más fiel la estructura de estos cuentos y otros toman esta estructura como base para montar el cuento aunque tienen variantes. “La cebra Camila” de Marisa Nuñez, ilustrado por Oscar Villán y editado por Kalandraka, cumple con todos los requisitos de un cuento acumulativo y con ese concepto de juego del que hablábamos. Una historia cuyo protagonista, la Cebra Camila, tiene un problema y el resto de los personajes le ayudan a solucionarlo. Camila ha perdido las rayas de su vestido y llora 7 lágrimas de pena. Pero los animales le irán poniendo una nueva raya y con ellas aumenta la retahíla. Una preciosa retahíla, con una gran sonoridad y que se va quedando en la memoria como una linda canción:

Y se estiró mucho para lucirse aún más

y para que su madre la viese bien, 

con un anillo en la pata, 

una rayita de plata, 

un lindo remiendo azul, 

una puntilla de tul, 

una cuerda de violín, 

un gran cordón de botín, 

una cinta en la melena…

y ni una gota de pena

aquesabelalunaOtro ejemplo conocido de este tipo de cuento es “¿A qué sabe la luna?”, de Michael Grejniec, editado por Kalandraka. Bien es verdad que no tiene todos los esquemas de los cuentos de fórmula, como por ejemplo la estructura poética o la lista de personajes que se repiten una y otra vez. Pero en realidad si lo tiene ya que el autor nos propone la acumulación de manera visual a través de la ilustración en la que vamos viendo como los animales se van subiendo unos encima de otros.

Los hay también de “ida y vuelta”. Son aquellos en los que se suceden los personajes uno tras otro y en un determinado momento algo sucede que les hace retroceder hasta el inicio. Un ejemplo de ellos es el cuento de “El gallo Quirico”, que viene de la tradición oral pero que Kalandraka publicó en 2014 con la adaptación del texto por Tareixa Alonso e ilustraciones de Alicia Suarez.

También sigue esta línea el cuento de la escritora, narradora y actriz Charo Pita con su libro “La calle del Puchero” donde los personajes, que esta vez no son sólo animales, tienen un camino de ida y otro de vuelta.

De uno u otro tipo, los cuentos acumulativos son cuentos que tienen un formato fijo, que hay que saberse de memoria sin dejar paso a improvisaciones. Se tienen que contar así porque en ello reside la esencia del cuento. Y esa repetición es precisamente lo que engancha y gusta a los niños. Los niños de entre 2 o 3 años hasta los 6 o 7 disfrutan mucho con esa repetición y esa seguridad que le dan estos cuentos. Saben, aunque no conozcan el cuento, qué va a pasar a continuación y eso les relaja y les ayuda a disfrutar de la historia. Además favorece la memoria y les ayuda a aumentar su vocabulario.

portada MOSCAA veces resulta algo complicado por el vocabulario utilizado, como por ejemplo “La casa de la mosca fosca” que utiliza un pareado con cada nuevo animal, dando lugar a una lista muy divertida de nombres aunque un poco complicada de recordar: el escarabajo carcajo, el murciélago pliélago, el sapo castrapo, la lechuza trapuza, la raposa chistosa y el lobo rebobo. Al final, sin embargo, se aprende, precisamente por esa sonoridad que le da la rima y por lo curioso del lenguaje. Esta Mosca Fosca es, de hecho, una apuesta segura con los niños.

Esa rima consonante engancha de manera natural a los niños, que cuando ya controlan el lenguaje, disfrutan practicando e inventando.

Una última característica común en estos cuentos de tradición, la onomatopeya, aparece en el genial “Un gato en el árbol” del narrador o cuentista Pablo Albo. De nuevo aparece en él la estrofa, aunque con cada nuevo personaje esta cambia, y la acumulación, que en este caso es de sonidos: el gato maullaba “¡miau, miau!”, la niña lloraba “¡buah, buah!”, el padre gritaba “¡socorro, socorro!”…

La tradición, por suerte, sigue muy presente en nuestras casas, en las historias que se cuentan a los niños y en las que se publican, ya sea recuperando ese boca a boca o creando nuevas historias. No perdamos esa tradición porque en ella está la sabiduría popular de años, y nuestra responsabilidad es la de mantenerla para los que vengan.

Os dejo un último ejemplo que tiene, además, canción. Es el libro de Nuria y Raquel Díaz Reguera “¿Ahora que va a pasar?” , autora e ilustradora, editado en 2012 por Lóguez, en el que los animales van emitiendo un sonido según van transcurriendo las situaciones. La sonoridad y el ritmo son evidentes y las autoras incluyeron además la partitura de la canción creada a partir de la historia y de la que os dejo el vídeo oficial publicado por la editorial.

 

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