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Día de las librerías

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“Esta era la inscripción que había en la puerta de cristal de una tiendecita, pero naturalmente sólo se veía así cuando se miraba a la calle, a través del crista, desde el interior de la penumbra. 

Fuera hacía una mañana fría y gris de noviembre, y llovía a cántaros. Las gotas correteaban por el cristal y sobre las adornadas letras. Lo único que podía verse por la puerta era una pared manchada de lluvia, al otro lado de la calle. 

La puerta se abrió de pronto con tal violencia que un pequeño racimo de campanillas de latón que colgaba sobre ella, asustado, se puso a repiquetear, sin poder tranquilizarse en un buen rato. 

El causante del alboroto era un muchacho pequeño y francamente gordo, de unos diez u once años. Su pelo, castaño oscuro, le caía chorreando sobre la cara, tenía el abrigo empapado de lluvia y, colgada de una correa, llevaba a la espalda una cartera de colegial. Estaba un poco pálido y sin aliento, pero, en contraste con la prisa que acababa de darse, se quedó en la puerta abierta como clavado en el suelo. 

Ante él tenía una habitación larga y estrecha, que se perdía al fondo en penumbra. En las paredes había estantes que llegaban hasta el techo, abarrotados de libros de todo tipo y tamaño. En el suelo se apilaban montones de mamotretos y en algunas mesitas había montañas de libros más pequeños, encuadernados en cuero, cuyos cantos brillaban como el oro. Detrás de una pared de libros tan alta como un hombre, que se alzaba al otro extremo de la habitación, se veía el resplandor de una lámpara. De esa zona iluminada se elevaba de vez en cuando un anillo de humo, que iba aumentando de tamaño y se desvanecía luego más arriba, en la oscuridad. Era como esas señales con que los indios se comunican noticias de colina en colina. Evidentemente, allí había alguien, en efecto, el muchacho oyó una voz bastante brusca que, desde detrás de la pared de libros, decía: 

– Quédese pasmado dentro o fuera, pero cierre la puerta. Hay corriente”

Así comienza “La historia interminable” de Michel Ende. Hoy es el Día Internacional de las Librerías y pensando en librerías y libros por alguna razón o por simple casualidad, ha venido a mi memoria este libro. No recordaba las palabras exactas de su inicio pero me ha despertado una sonrisa leer aquello de “Fuera hacía una mañana fría y gris de noviembre, y llovía a cantaros”.  Para los que vivís en Madrid como yo y hoy habéis visto vuestra mañana pasada por agua, no me digáis que no es, cuando menos, curioso.

Si recordaba sin embargo, y recordaré siempre, como si lo hubiese leído ayer mismo (y hace ya muchos, muchos años de ello) la imagen de la librería de libros de ocasión del Señor Karl Konrad Koreander y de lo que ocurrió el día que a ella llegó, también por “casualidad”, un niño de 10 años llamado Bastián Baltasar Bux.

Si he de poner un inicio a mi pasión por la lectura, si he de nombrar un libro que marcara un antes y un después, ese libro es “La historia interminable“. Recuerdo la historia, los personajes que en ella van apareciendo, la imagen que de ellos y de Fantasía hice en mi cabeza y recuerdo también perfectamente cómo me sentía yo, con cerca de 12 años, 13 quizá, viviendo cada una de estas páginas, unas con letras rojas y otras con letras verdes. La emoción, el suspense, la alegría, la tristeza. Este es para mi mucho más que un libro, es un auténtico tesoro.

No es mi intención hacer hoy una reseña de “La historia Interminable“. Hoy quería de alguna manera felicitar a las librerías en su día y recordar alguna librería de “cuento” que me gustara especialmente.

La librería del Señor Koreander realmente no es la protagonista de esta historia pero siempre me ha parecido un ejemplo de librería en la que me gustaría perderme. Uno de esos sitios en los que las horas no parecen pasar, ni siquiera parecen tener sentido.

Cartel de El día de las Librerías de la CEGAL 2014

Cartel de El día de las Librerías de la CEGAL 2014

No todas las librerías son así pero, como dicen en la página oficial de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros, no hay dos librerías iguales de la misma manera que no hay dos personas iguales. Ahí está su encanto, que todas, en definitiva, venden libros y esos libros pueden ser más o menos los mismos, pero cada una tiene su alma que, junto al alma del librero, hacen que el espacio sea único.

Las librerías de infantil son un claro ejemplo de ese alma y ese espacio único y especial. Y es que allí tanto los niños como los adultos nos sentimos felices, en casa, y dan ganas de pasarse horas entre sus libros, hojeando, repasando, charlando, viendo a cuentacuentos o simplemente disfrutando de todos esos cuentos juntos que nos gustaría llevarnos a casa. Pero es una suerte no podernos llevar todos porque así podemos volver una y otra vez.

Más de una vez he dejado ver en mis reseñas mi pasión bibliotecaria que me viene de profesión y que permanece en mi como un sueño por cumplir. Este sentimiento no queda lejos del que siento por la librería y es que son espacios de cultura y para la cultura al igual que lo son las bibliotecas.

Igual que os recomiendo encarecidamente ir a la biblioteca de vuestro barrio o a la que más os guste y convertios en asiduos usuarios, os recomiendo encontrar “vuestra” librería y visitarla de vez en cuando, charlar con el librero, revisar novedades o repasar estanterías. Y no olvidéis llevaros a los niños, que os vean con libros, que ellos lean y hojeen alguno, que hagan un poco suyo el espacio y sientan como les invaden todas las historias que los libros guardan. Que ir a la librería sea una actividad más dentro de las que hacemos con nuestros hijos, igual que puede ser ir al cine o dar un paseo en bici. Estar rodeados de libros siempre será el mejor entretenimiento.

Desde aquí agradecer la inmensa labor cultural que hacen los libreros cada día y reconocer su enorme esfuerzo en estos tiempos por mantenerse vivos y a flote.

Y ahora, ¡Venga! Animaos a contarnos cual es vuestra librería preferida y si la visitáis a menudo. Yo reconozco que tengo varias, pero El Dragón Lector y Didacticatila me tienen un poquito robado el corazón.

¡Feliz día de las librerías a todos!

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