El árbol de la escuela

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Portada de “El árbol de la escuela” de Antonio Sandoval y Emilio Urberuaga

Pedro descubre un día en el patio del colegio un pequeño arbolito. Se le ve tan débil y solo que no puede evitar acariciar su delgado tronco. Justo en ese momento una hermosa y verde hoja brota del árbol entre las medio secas y pocas hojas que tenía. Pedro se queda tan asombrado con aquello que no puede olvidar al árbol. Sin embargo su maestra cree que debe dejar tranquilo al árbol, que lleva mucho tiempo en el patio y necesita que le cuiden dejándolo tranquilo y apartándose de él. Pero Pedro ya no puede dejar solo a su nuevo amigo y decide regarlo. Al hacerlo otro montón de hojas verdes brotan de sus ramas. A los pocos días el niño abraza al árbol y este reacciona creciendo más y y naciéndole más hojas grandes y fuertes. Nada puede evitar que Pedro quiera darle cariño al árbol de su escuela.

Mi opinión

Pienso que hay dos formas de hacer las cosas: una, por el deber, la obligación, responsabilidad o porque toca, y otra porque algo en nuestro interior nos impulsa a hacerlo. Si esto lo aplicas a cualquier cosa en la vida te das cuenta de que las que más se disfrutan y las que normalmente mejor salen son las segundas. Las primeras puede que salgan perfectas porque nosotros somos exigentes con nosotros mismos y ponemos todo nuestro empeño. Pero estaréis conmigo en que las cosas, cuando salen de dentro, son mil veces más agradecidas de hacer y disfrutar haciéndolas y además, aunque salgan reguleras será un placer que sean así porque serán nuestras.

Cuando cuentas un cuento, sea para un gran público o para el petit comité de tus hijos, sobrinos o nietos, esta división es muy muy evidente. Por mucho que tu pongas todos los sentidos y emociones en contar un cuento, si este no te gusta (aunque solo sea esa parte del final que parece que no deja clara la conclusión, o ese personaje incordioso que no sabes qué pinta ahí, o esa expresión extraña que hay a la mitad) nunca va a salir bien. Puede que tenga gracia en algún momento, o que consigas mantener la atención hasta el final pero no emocionará ni te emocionará del todo.

arboldelaescuelaSin embargo si el cuento es “el cuento”, si traspasa cada capa de ti mismo y consigue llegar a lo más profundo, a tocar las fibras, a hacerte temblar por dentro, de risa o de llanto, de amor, ternura o miedo, entonces y solo entonces ese cuento llegará de la misma manera o parecida a todo aquel que te escuche.

El árbol que crecía en mitad del patio del recreo del colegio de Pedro, nuestro protagonista, necesitaba ese sentimiento para que la sabia corriera por todas las partes de su débil tronco e hiciera brotar una hermosa hoja verde. Necesitaba un abrazo de verdadero amor para poder dar lo mejor de si mismo.

Por eso Pedro no podía dejar de pensar en aquel árbol triste de mitad del patio. Su conexión con el árbol había sido capaz de hacer crecer una hoja en un árbol que parecía seco. Esa conexión no podía desaparecer por mucho que su maestra le ordenara dejarlo tranquilo. Algo más fuerte que él le pedía que siguiera cuidando del árbol.

De la misma manera cuando encuentras un cuento que te llega y te hace sentir feliz al compartirlo, no hay nada que te frene para querer contarlo a todas horas. Hacer las cosas cuando salen tan de dentro es adictivo y no puedes más que intentar convencer al resto del mundo de que lo pruebe alguna vez y descubra lo maravilloso que puede llegar a ser.

El árbol agradece a su manera y el niño, Pedro, decide seguir adelante ayudando a su nuevo amigo. De la misma manera el cuento, al sentirse querido y cuidado, crece y cada vez que se cuenta brota en el una nueva hoja verde que compartir con quien te escucha.

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El amor que sentía Pedro por aquel árbol se propagó entre sus compañeros y sus maestros y todos quisieron demostrarle su cariño a aquel extraordinario árbol. El árbol paso a ser núcleo, punto de encuentro, intersección donde los alumnos y miembros de la escuela se juntaban para hacer cosas en común: leer, escribir poemas o fabricar nidos para los pájaros. Los cuentos de igual manera nos reúnen y nos unen en torno a ellos. Para cada uno, en su imaginación, el cuento dirá cosas diferentes e inspirará escenarios y evocaciones distintas pero en suma el cuento está consiguiendo aunarnos en torno a un montón de sentimientos parecidos.

Cuando nos cuentan un cuento tan bien contado y tan sentido que te llega a lo más profundo te sientes feliz, aunque la historia en cuestión te haya removido heridas de dentro, recuerdos tristes o dolorosos. Pero el hecho de haber llegado tan adentro hace que la conexión sea total.

Por eso, porque te hace sentir tan bien, te gustaría que le ocurriera a todo el mundo. Por eso Pedro y sus compañeros quieren que otros niños en otros colegios tengan un árbol como el de su escuela, para que puedan sentir por dentro esa dicha tan grande de tener algo extraordinario.

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El amor que mueve el mundo y que nos une a todos. La convicción de estar ante un hecho extraordinario y el sentimiento de que ese hecho no puede quedarse en ti sino que lo tienes que compartir con todos los que te rodean. Todo eso cuenta “El árbol de la escuela”, todo eso y mucho más. Un texto sencillo y directo el de Antonio Sandoval, sin dobleces de ningún tipo. Una ilustración siempre tierna y llena de color como es la del gran Urberuaga que crea un espacio, el del recreo, en el que ocurren un montón de cosas a lo largo del tiempo y somos capaces de ver ese tiempo pasar y sentir todas esas cosas.

Una hermosa historia sobre la naturaleza, el amor, la infancia y el sentimiento de comunidad, el compañerismo y el amor desinteresado, la compasión y las ganas de compartir. Un cuento que te mueve por dentro, que llega y que no puedes evitar querer que todo el mundo lo conozca para sentirse feliz igual que tu al terminar de leerlo.

Datos Bibliográficos

Título: El árbol de la escuela

Autor: Antonio Sandoval

Ilustrador: Emilio Urberuaga

Edición: Kalandraka, Pontevedra, 2016. 44 págs.

Edad: + 5 años

 

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Triángulo

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Portada de “Triángulo” de Mac Barnett y Jom Klassen

Triángulo se despertó un día en su casa y pensó en ir a gastarle una broma a su amigo Cuadrado. En su camino vio triángulos grandes, medianos y pequeños. Después el paisaje se transformó y aparecieron otras formas, hasta llegar a la casa donde vivía su amigo Cuadrado.

Mi opinión

Me estoy dando cuenta a estas alturas de la vida que me he vuelto una “friki”. Y no lo digo en tono despectivo, la verdad es que me gusta sentirme así. Nunca pensé ser friki de nada, yo tan normalita en todo y para todo, tan comedida para lo bueno y lo malo, tan equilibrio, tan yin y yang, y mírame ahora, pasando horas embobada mirando álbumes ilustrados, hablando de ellos, criticándolos, alabándolos y perdiéndome entre sus páginas sin medida.

Pero es que cuando encuentras ese álbum en el que todo cuadra, en el que cada pieza está colocada en el sitio justo y es tan necesaria como cualquiera de las que tiene a su alrededor, cuando ves que un autor y un ilustrador son capaces de conectar de una forma tan armoniosa y sorprendente, entonces esa magia que se ha producido entre ellos dos te llega a ti y es maravilloso.

Eso me pasa con Mac Barnett y Jon Klassen. Los autores de “Sam y Leo cavan un hoyo”  se han juntado para crear tres historias, de la que, por lo que creo, a España de momento solo ha llegado una, “Triángulo”.

Espero (Señores de Lumen – Random House por favor, escuchen a esta humilde friki) que el segundo, “Cuadrado”, llegue pronto prontísimo. Del tercero solo tengo vagas noticias pero si los previos son así sólo puedo esperar que sea como poco igual de bueno.

“Triángulo”, es una de esas historias gamberras que a estos dos autores parece que les gusta hacer juntos. Porque no deja de ser una pequeña gamberrada entre dos amigos, Triángulo y Cuadrado, y que luego Cuadrado querrá vengar. El típico “ahora verás…” que todos hemos hecho o pensado en hacer alguna vez.

Pero tened en cuenta que los personajes son dos formas planas, un triángulo y un cuadrado, y que con muy poco estos dos autores han conseguido caracterizarlos de manera asombrosa. Porque cada uno tiene una personalidad ¡y diría que hasta una voz! (te sale sola cuando lo lees en voz alta) perfectamente claras.

Jon Klassen, el magnífico autor de la trilogía de los sombreros (“Yo quiero mi gorro”, “Encontramos un sombrero”, “Este no es mi bombín”) maneja el humor en los álbumes de manera magistral, conjugando un texto sencillo y descriptivo (este es triángulo, esta es la casa de triángulo, triángulo va a gastar una broma a cuadrado) con una ilustración en la que las miradas de los personajes lo dicen todo.

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Esas miradas son, en esta ocasión de gran importancia teniendo en cuenta que nuestros protagonistas son, como hemos dicho, un triángulo y un cuadrado y pasan a convertirse en verdaderas aliadas de la historia.

Todos estos son los elementos básicos con los que Jon Klassen suele jugar en sus obras y en las obras que ha compartido con Mac Barnett. Humor e ironía acompañan a escenas en las que el lector sabe lo que ocurre pero los personajes no, produciéndose una mezcla de incredulidad ante la evidencia y comicidad máxima.

Las historias de este tandem de autores se caracterizan también por el amplio abanico de edad al que pueden ir dirigidas. Es cierto que en edades tempranas no llegarán a captar totalmente la ironía de algunas escenas, pero en el caso del libro que hoy nos ocupa, “Triángulo”, puede disfrutarse tanto si tienes 3 años como si tienes 90, porque la gamberrada es universal tengas la edad que tengas.

Además el final, que no desvelaré, dejará satisfechos a todos. A los pequeños porque unos se identificarán con el gamberro y otros con el inocente, y en los dos casos se sentirán satisfechos. En los no tan pequeños porque todo es tan real como la vida misma y la lectura de las dos ultimas páginas puede incluso abrir un debate posterior muy jugoso.

Espero con ganas la llegada de “Cuadrado” y “Redondo” porque seguro que van a hacernos pasar grandes ratos. Si veis en librerías un libro blanco con un triángulo oscuro que os mira con grandes ojos ovalados id a por el, haced caso a esta friki aficionada al álbum ilustrado desmesuradamente.

Datos Bibligráficos

Título: Triángulo

Texto: Mac Barnett

Ilustración: Jon Klassen

Edición: Penguin Random House Grupo Editorial, Lumen, Barcelona, 2018

Edad: + 3 años

 

 

 

 

¡Por favor, no te vayas!

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“[…] Luego empezó a pensar en todas las cosas que Christopher Robin querría contarle cuando volviese de donde fuera a irse, y lo complicado que sería para un Oso de Muy Pequeño Cerebro el atraparlas y meterlas ordenadamente en su cabeza. Así que quizá -se dijo a sí mismo con tristeza-, Christopher Robin no me contará ya más cosas, y se preguntaba si ser un Fiel Caballero significaría que uno habría de conformarse con seguir siendo fiel sin que se le contasen cosas. […]”

Este es uno de los párrafos finales del segundo y último libro de las Historias de Winny de Puh del que ya os hablé en otra ocasión. Puh sabe en su interior que será la última vez que pase el tiempo haciendo Nada con su amigo Christopher Robin. No sabe por qué, no sabe qué va a hacer a partir de ahora Christopher Robin, pero sabe que ya no pasarán ratos de aventuras y descubrimientos juntos. Un punto y final a un momento de la vida de ambos descrito de manera maravillosa por A.A Milne.

Las despedidas son difíciles, tengas la edad que tengas, y forman parte del crecimiento personal de cada uno. Con los años aprendemos a desprendernos de cosas, a decirles adiós y a superar el momento sabiendo que en un futuro cercano esa partida dejará paso a nuevas cosas, mejores en muchos casos, distintas siempre y seguro que enriquecedoras. Pero cuando tienes 5 o 6 años la cosa se complica un poco.

Pueden tratarse de cosas que a ojos de adulto se entiendan como pequeñeces sin importancia, pero en el mundo infantil son enormemente importantes. Este verano, por ejemplo, mi hijo pequeño (casi 6 años) se encariñó de un enorme peluche que precisamente era Igor, el burro amigo de Winny de Puh. Un muñeco que perteneció a alguno de los hijos  de los dueños de la casa en la que pasábamos unos días y que seguía vigilando el cuarto con su tierna mirada.

Igor

En la imaginación de mi hijo aquel burrito triste y desanimado era ya amigo suyo incluso antes de verlo en aquella habitación. El encuentro fue más un reencuentro entre dos viejos amigos. Tres días bastaron para que la relación se afianzara y se  convirtieran en inseparables. Pero inevitablemente llegó el día de la partida. No penséis que fue una pataleta por un capricho (yo quiero, yo quiero, comprarlo…): aquello era una profunda pena causada por la certeza de que debía separarse de su amigo.

Una experiencia esta que me hizo pensar en la cantidad de pequeñas pruebas y obstáculos que debemos ir superando para crecer por dentro y prepararnos para situaciones, más difíciles y complicadas que nos depara el futuro.

Son momentos estos que cuando se saben ver y llevar a las páginas de un libro son muy agradecidos de leer y disfrutar. Los niños inevitablemente se van a identificar  con la situación por la que seguro han pasado ya en algún momento. Este es el caso de los tres libros que hoy os traigo.

no-te-vayas“No te vayas…” de Gabriela Keselman ilustrado por Gabriela Rubio, editado por Kókinos. Madrid, 2009. 36 págs.

La autora nos presenta a Catalina, una niña con largas coletas a la que no le gusta despedirse de nada ni de nadie. Se le hace un agujerito en el corazón y siente extrañas sensaciones en la tripa.

Grita ¡No te vayas! y entonces el día decide regalarle un último rayo de sol, el invierno una última bola de nieve, el diente a punto de caerse se disfraza de equilibrista de circo solo para Catalina, la espuma del baño burbujea para hacer cosquillas a la niña….pero después todo han de marcharse inevitablemente. Y cuando se van dejan paso a otra cosa tan hermosa  y llena de posibilidades como aquella a la que despidió: una noche con una luna hermosa, una primavera espléndida, una moneda bajo la almohada y un montón de juguetes al fondo de la bañera.

Un álbum donde el rojo predomina sobre los otros 3 colores que bastan para dar forma al mundo de Catalina (negro, blanco y dorado). Con una estructura muy cuidada en la que tras cada nueva despedida de Catalina aparece una doble página sin texto donde cada lector puede interpretar a su manera lo que ve y lo que siente con aquella ilustración, produciéndose una curiosa mezcla entre lo que nosotros sentimos con lo que puede sentir Catalina.

Un álbum cargado de sensibilidad de una autora que se caracteriza por su capacidad para conectar con la mentalidad infantil.

pipyposy“Pip y Posy. Un globo muy grande” de Axel Scheffler, editado por B de Blok. Barcelona, 2012. 32 págs.

De la mano del globo que pierde Catalina nos vamos a otro globo y otra historia sencilla pero muy acertada. Pip y Posy son dos grandes amigos creados por Axel Scheffler, ilustrador conocido por su colaboración en varias obras de Julia Donaldson como “El Grúfalo” o “Cómo mola tu escoba”. Las historias de Pip y Posy son pequeños episodios pensados para niños entre 3 y 6 años en los que vivimos situaciones sencillas de su vida, como este en el que Pip disfruta con un enorme globo rojo junto a su amiga Posy hasta que el globo se le escapa de las manos y se pincha. Un llanto inconsolable invade al pobre Pip y será su inseparable amiga la que le ayude con dos pequeños pomperos. Juntos jugarán con las pompas de jabón y disfrutarán de ellas en su efímera existencia, disfrutando de todas aunque exploten porque las burbujas siempre han de terminar explotando.

Una mirada de niño en cada una de sus páginas y una solución mágica y perfecta como una pompa de jabón.

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“Mi nueva casa” de Marta Altés, editado por Blackie Little Books. Barcelona, 2014. 26 págs.

Una mudanza reúne todos esos sentimientos de los que hemos estado hablando hasta ahora: miedo a lo desconocido, separación de cosas y personas a las que queremos, rechazo a lo nuevo, añoranza de lo pasado, esa sensación de “yo quiero que las cosas sean como antes”.

Así se siente el protagonista de “Mi nueva casa”, obligado a cambiar de ciudad, casa, amigos y colegio por una mudanza. “Lo nuevo da miedo…” dice en un momento de la historia, escondido detrás de su padre, mirando las caras extrañas de sus nuevos compañeros de cole.

Uno intenta creer en lo que los mayores nos repiten: solo deja que pase un poco de tiempo y verás como todo vuelve a ser como antes. Pero resulta tan difícil de creer y te llegas a sentir tan solo. La cosa es que igual no es como antes, no tiene por qué serlo, será distinto seguramente, pero no por ello será menos bueno. Descubriremos cosas que no conocíamos y aprenderemos nuevos juegos y seguiremos echando de menos a los amigos de antes pero los sentiremos cerca cuando sepamos de ellos por cartas o mensajes. Nuestro mundo se habrá ampliado un poco, y nuestra capacidad de acoger a cosas nuevas también. De eso se trata al fin y al cabo.

No siempre es fácil de explicar con palabras este tipo de sentimientos y seguro que los niños al ver estas historias se sienten identificados y de alguna manera reconfortados.

Tres historias que no nos van a quitar ese nudo del estómago cuando estemos tristes por haber perdido algo pero que seguro que conectan con los niños en cualquier momento. Y siempre, siempre, descubramoslas y disfrutemoslas con ellos.

Konrad o el niño que salió de una lata de conservas

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Portada de “Konrad o el niño que salió de una lata de conservas” de Christine Nöstlinger, editado por Loqueleo Santillana

La Señora Berti Bartolotti vivía sola. Tejía alfombras de vivos colores para ganarse la vida. Su marido hacía tiempo que se había ido a vivir a otra parte.

La Señora Bartolotti se llamaba a si misma “criatura”, que era como la llamaba su madre de pequeña para ordenarle que hiciera cualquier cosa, y una vez ya fue mayor, como la llamaba su marido cuando le pedía que le preparase la comida. Como ahora ya no tenía con ella ni a su madre ni a su marido, la Señora Bartolotti se había acostumbrando a seguir diciéndose “criatura” a sí misma: “criatura: ahora vas a lavarte y a vestirte como es debido y a ponerte a trabajar, ¡pero rápido!”. 

Tenía la manía de comprar por catálogo cualquier cosa, la necesitara o no. Si encontraba un cupón de pedido no podía resistirse y lo enviaba. Por eso una mañana cuando el cartero le trajo un gran paquete no se extrañó. Lo miró con curiosidad porque pesaba mucho y ella no recordaba haber pedido algo que pesara tanto. Su asombro fue mucho mayor cuando por fin abrió el paquete y encontró una lata de conservas de la que salió un niño pequeño, de unos 7 años. Junto al niño y la lata, una carta le informaba de que aquello era su pedido de un hijo en conserva y que esperaba que reuniera todo lo necesario y le aseguraban que el niño cumplía con todas las condiciones de un buen hijo como se anunciaba en la publicidad. Aquel niño se llamaba Konrad y era, simplemente, el hijo perfecto. 

Mi opinión

Este pasado mes de Julio nos ha dejado la famosa autora austriaca Christine Nöstlinger a los 82 años de edad. Una enorme pérdida para las letras juveniles y que nos ha dejado joyas como este Konrad. Vaya pues como homenaje a su obra esta primera reseña de curso de nuestros Cuentos para Matilda.

Son más de un centenar de obras las publicadas por esta extraordinaria autora, que le llevo a ganar en 1984 el nobel de la literatura juvenil, el Premio Andersen por el conjunto de su obra. Konrad se publicó en 1977 y es una de sus más reconocidas obras a nivel mundial.

Una obra cargada de crítica social, de personajes peculiares y situaciones que no son habituales en la literatura juvenil, pero no por ello son menos necesarias. Humor y ternura, crítica social sin tapujos, lenguaje claro y humanidad por los cuatro costados: así es “Konrad o el niño que salió de una lata de conservas”

Konrad ha sido creado para ser el niño perfecto: educado, buen estudiante, obediente, ordenado, sincero, respetuoso de sus mayores, buen amigo, buen compañero de clase, buen alumno…Sabe que tiene que querer a sus padres y por eso Konrad quiere a la Señora Bartolotti desde el primer momento que la ve.

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Ella, una vez que ha sido capaz de salir de su asombro, no sabe bien aún de que manera demostrarle su cariño y hace lo que puede. Comienza así un aprendizaje mutuo, tanto de ella para ser la madre que se espera, como de Konrad para adaptarse a un mundo en el que no se espera que sea un niño tan perfecto.

Empiezan así a ocurrir un montón de situaciones cargadas de humor por las peculiaridades y el contraste de estos dos personajes. Una mujer tan poco convencional, tanto en las formas como en la apariencia, como es la Señora Bartolotti, y ese niño perfecto que es Konrad, educado y creado para agradar a su madre, a la que ya quiere profundamente.

El resto de los personajes que rodean a la historia ayudan a que esos contrastes sean más evidentes y nos hagan reflexionar aún más sobre el mundo en el que vivimos. Un mundo este de 1977 cuando se escribió la obra, pero que no dista en nada al que seguimos teniendo ahora mismo.

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El Señor Egon, farmacéutico y novio de la Señora Bartolotti, se siente tan cautivado por la personalidad y forma de ser de Konrad, sus buenos modales y su capacidad de aprendizaje, su perfección, que se nombra padre adoptivo de la criatura sin consultar para ello ni siquiera a la madre. Se transforma y se cree con autoridad suficiente como para criticar las formas de la Señora Bartolotti, actitud esta que hasta la fecha nunca había tenido. 

Los vecinos, que ayudan pero cotillean cuanto pueden, y Kitti, la hija de los vecinos, que se convierte en la mejor amiga de Konrad e incluso, su primer amor infantil, son el resto de personajes esenciales en la historia. Con ellos Nöstlinger construye el mundo al que se tiene que adaptar Konrad y que resume a la perfección el mundo en el que vivimos. La escuela, el vecindario, los amigos, la familia, las convenciones sociales, lo que se espera de cada miembro de la estructura social, de la mujer, de la madre, del padre y de los hijos, de los amigos y de los profesores.

Un mundo de convencionalismos que hacen que cuando alguno de esos actores es manifiestamente distinto cause recelos, miedos, antipatías e inseguridades en todo el que le rodea, cada uno por sus razones.

En el caso de Konrad, su madre cree que su hijo no será aceptado entre sus compañeros y eso le preocupa enormemente. Su padre el Señor Egon, sin embargo, esta feliz porque su hijo sobresale de la media en cuanto a conocimientos y será el mejor del colegio. Kitti, su amiga, esta feliz porque Konrad es un gran amigo, mejor que cualquiera de los que tiene, pero tiene que defenderle delante del resto de los niños de la pandilla y será ella quien enseñe a Konrad a decir palabras feas y a llevar la contraria a los adultos. Los compañeros de clase no pueden entender que Konrad se chive ante la profesora de cosas que han hecho, aunque sean cosas que no deberían hacer.

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Todos, sin embargo, coinciden en algo fundamental: ya ninguno sabría vivir sin la presencia de Konrad en sus vidas, tal y como es.

Y es que a Konrad se le coge cariño desde el primer momento, con su inocencia y absoluta ausencia de maldad, con sus modales perfectos y su amor incondicional, con su ternura de libro y su apariencia de niño adorable. Un niño creado para ser querido en el ambiente aséptico de una fábrica en el que se hacían cientos de niños y niñas como él. El contraste de nuevo, la crítica social de nuevo. Crear niños perfectos como salidos de fábricas sin ninguna imperfección, sin errores, sin raspones en las rodillas, sin mejillas y manos manchadas de haber jugado en el parque, sin ropa sucia o con algún siete. Niños que no son respondones ni tienen opiniones ni ideas propias.

Total, una obra que deberían leer primero y sobre todo padres, profesores y mediadores y después dársela a los niños y disfrutarla todos juntos, asimilarla todos y dejar que surjan conversaciones sobre ella. Porque estos son libros sobre los que se puede hablar largo y tendido entre adultos y entre niños.

No podía ni quería dejar pasar la oportunidad de hablar de esta maravillosa autora que ya descansa después de una vida dedicada a la literatura infantil y juvenil. No había mejor manera de comenzar de nuevo la andadura que espero siga siendo tan enriquecedora y alentadora como los últimos cinco años. Espero que sigáis acompañando mi caminar literario con tanta fe y fidelidad como hasta ahora. Feliz regreso.

Datos bibliográficos

Título“Konrad o el niño que salió de una lata de conservas”

Autora: Christine Nöstlinger

Ilustración: Frantz Wittkamp (para la edición de Alfaguara. Estas son las que aparecen en la reseña de este blog), Mar Villa (para la edición de Loqueleo de 2016)

Edición: Santillana Loqueleo, Madrid, 2016. 2016 pags.

Edad: + 10 años

Irene la valiente

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Portada de “Irene la valiente” de William Steig, Editorial Blackie Books

Una fría tarde de invierno la señora Bobbin, costurera, termina el encargo de la Duquesa: un precioso vestido de fiesta. Debe llevar el vestido antes del gran evento que se celebrará esa misma noche, pero no se siente nada bien. Un terrible dolor de cabeza no le deja casi fuerzas para llevar el vestido a su dueña. Irene, su pequeña hija se ofrece de inmediato a realizar el encargo pero ¿cómo va a llevarlo ella, si casi no puede con aquella caja tan pesada?. Fuera hace muchísimo frío y la señora Bobbin no quiere ni pensar en la idea de enviar a su pequeña hija a tal encargo.

Pero Irene mete a su madre en la cama, la arropa, le lleva un té caliente y la tranquiliza: ella llevará el vestido.

Con cuidado prepara el vestido en su caja, se abriga y se dispone a salir a la fría tarde invernal.

Mi opinión

El pasado mes de febrero de 2018 la Editorial Blackie Books publicaba dos de las obras infantiles del autor americano William Steig. Dos de esos clásicos modernos que forman ya parte importante de la historia de la literatura infantil: “Doctor De Soto. Dentista de animales” e “Irene la valiente”.

William Steig, al que en España se le conoce fundamentalmente por ser el creador de Shrek, publicó en su larga vida (murió a los 95 años) más de veinte libros infantiles entre los que están “Doctor de Soto. Dentista de animales”, también publicado por Blackie Books, “Silvestre y la piedrecita mágica” o “Dominico”, todos libros para primeros lectores.

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Y es que del autor de “Shrek”, obra muy recomendable que va mucho más allá del personaje que nos ha llegado a través de su versión cinemátográfica, es uno de esos clásicos que no pasan de moda y que forman lectores.

La lectura de “Irene la valiente” tiene ese regusto de buen libro, de historia bien construida, con emoción, ternura, suspense, un poco de miedo incluso y final redondo. Tiene las dosis necesarias de cada cosa y va forjando en el lector joven el gusto de “saborear” la lectura. De esos libros que quieres seguir leyendo para llegar al final pero que decides voluntariamente dejar para mañana para que no se termine tan pronto.

El delicioso inicio de la historia, tiene esa parte de afectividad y calidez que es necesaria para que Irene vaya bien “abrigada” en todos los sentidos. Irene necesitará valor para superar la tormenta de nieve y viento, pero también el calor de las palabras cariñosas de su madre (“croquetita”, “periquita”).

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Va a necesitar, además, el sentido de responsabilidad que su madre le ha inculcado, viéndola cada tarde trabajar en su vestido. Va a necesitar confianza y decisión, esperanza y perseverancia.

Todo eso en escasas 35 páginas, acompañadas de unas clásicas y sencillas ilustraciones en las que vemos como es esa pequeña Irene y lo fuerte y valiente que puede llegar a ser.

Un texto sencillo con el que es capaz de llevarnos con Irene desde el calor del hogar hasta aquella tarde fría en mitad del bosque y el prado. Escuchamos la voz de Irene, aguda y pequeña como ella, y la del viento, silbando alrededor de Irene, fuerte y amenazador: Vete a caaaaaaaasaaaa…o ya verás.

La vemos luchar contra la ventisca y sentimos, junto a Irene, perder las fuerzas caminando entre la espesa nieve acumulada en el suelo. Notamos como llega la noche y se apodera de casi todo el valor que tenemos.

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Olemos el “pan recién hecho” al que Irene dice que huele su mamá…(el olor de mamá, ¿puede haber algo más evocador que eso?). Y así nos adentramos con ella en su aventura y disfrutamos de su feliz final.

“Irene la valiente” reúne todo eso necesario para que un libro se convierta en clásico. Con un texto sencillo, directo y acogedor, repleto de sensibilidad y sinceridad, el libro está repleto de lugares conocidos que no pasan de moda como son el calor del hogar, la sonrisa de mamá, su abrazo, los miles de besos que nos damos, el recuerdo de su olor y la caricia de sus palabras. Tiene emoción y aventura, la que hay en ese primer día que vas a hacer un recado tu solo, con la tensión en los músculos de quien tiene una misión importantísima, y la sonrisa en la cara por la emoción del momento. Y por último tiene un final feliz y redondo, sin dejar nada al azar, para que nos quedemos solo con la felicidad de haber cumplido nuestro cometido, de haber hecho las cosas bien.

Volver y revolver entre los clásicos es una de esas buenas costumbres que debemos inculcar en los niños. Porque fueron los autores clásicos los que empezaron los caminos por los que hoy seguimos caminando.

Datos Bibliográficos

Título: Irene la valiente

Autor e Ilustrador: William Steig

Edición: Blackie Books, colección “Primeros Lectores” de Blackie Little, Barcelona, 2018. 38 págs.

Edad: + 6 años